A nadie se le ocurriría cambiar de sitio el altar en una antigua catedral. El lugar donde se ha oficiado miles de veces el misterio de la eucaristía es sagrado. Eso lo sabemos todos, como sabemos que el fútbol tiene algo de religión, que está dominado por fuerzas que se nos escapan, entre ellas, la suerte. Pero hubo un templo donde tuvieron el atrevimiento de trasladar uno de sus espacios sagrados.
El estadio Santiago Bernabéu presentaba un perfecto equilibrio de fuerzas. Los jugadores salían de los vestuarios por el lateral, saludaban en el centro y se iban a preferencia a hacerse la foto y saludar al palco. La división de poderes estaba perfectamente representada: a un lado los banquillos, al otro la presidencia y en el eje perpendicular el pueblo, con los más radicales al sur y los más serios al norte. Estaba bien y funcionó durante décadas.
Hasta que llegó alguien poco respetuoso con el pasado y lo cambió. Osó demoler la cátedra de don Santiago, dejó sin su espacio a los espíritus de quienes ya fallecidos aún presidían los partidos.
Lo que ocurrió despues ya lo sabemos: ese año perdió la final de la Copa del Rey, hizo la peor segunda vuelta de la Liga de su historia; y los dos siguientes no ha ganado nada. El presidente que lo hizo tuvo que dimitir pese a haber ganado las elecciones con un noventa por ciento de los votos y el que lo sustituyó (que era de su junta directiva) duró 57 días.
Puede que todo esto no sean más que chaladuras, pero no me quedaré tranquilo hasta que el Madrid gane su tercera liga seguida, porque ganar una lo puede hacer cualquiera en un buen año.
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